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OFENSIVA MEDIATICA DE LA DERECHA EN AMERICA LATINA
La derecha latinoamericana ha ido sustituyendo sus formas de acción. Ante el avance de las
concepciones progresistas, socialistas o revolucionarias, se verifica la carencia de figuras o movimientos reaccionarios
que les puedan hacer frente. Así, ya de manera explícita, los conservadores lanzan todo su poder mediático para frenar
los nuevos vientos que soplan en la región. Los medios de la derecha (mayoritarios), suplantan a los partidos de la derecha
(minoritarios). Antes los sustentaban, hoy los sustituyen.
Vemos como grandes grupos que concentran múltiples medios (escritos, orales y televisivos), asumen
actitudes desestabilizadoras y hasta golpistas. Lo hacen en defensa de una supuesta"libertad de expresión", que
ellos reservan exclusivamente para sí. Podríamos poner muchos ejemplos.
Venezuela y el proceso bolivariano deben batallar contra la prensa "democrática" que en su momento
apoyó al golpe que derrocó al presidente Hugo Chávez.
En Uruguay, la derecha mediática libra su batalla por evitar que el Frente Amplio gane por segunda
oportunidad las elecciones nacionales.
En Honduras, la "prensa libre" celebra el derrocamiento del presidente constitucional Manuel
Zelaya.
En Argentina varios grupos, con CLARIN a la cabeza, desde hace ya dos
años han lanzado una virulenta y antidemocrática campaña contra el gobierno de Cristina Fernández, electa democráticamente.
Así inventaron la falsa dicotomía "campo vs. gobierno". De allí en más, CLARIN y el resto de los grupos
oligáquicos han procurado la horadar al gobierno democrático, buscando la caída de la mandataria.
Por todo esto vale la pena repasar algunas episodios que revelan el pasado de los medios que
hoy hacen gárgaras democráticas, y ayer se sirvieron de las dictaduras, callando el horror del terrorismo de Estado, y siendo
su cómplice.
| Premio Martín Fierro a la obsecuencia |

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| Marcelo Bonelli y Gustavo Sylvestre, empleados del grupo derechista CLARIN |

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| Edición de Clarín del 29 de septiembre de 1978 |
Por Daniel Cecchini
¡Quemá esas fotos!
05-09-2009 /
Sonriente,
flanqueada por Felipe y Marcela –los dos niños, hoy jóvenes adultos, que inscribió como sus hijos adoptivos en los años
más oscuros de la última dictadura militar–, la directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble, no dudó en darle un
fuerte contenido político al breve discurso con que coronó, el 28 de agosto, la celebración de los 64 años del matutino fundado
por su marido, Roberto Noble, en 1945.
El tono estuvo en concordancia con la campaña que el multimedios más poderoso
de la Argentina lleva adelante contra el tratamiento de una nueva ley de Servicios Audiovisuales que termine con la legislación
vigente en la materia, diseñada por la dictadura y modificada a favor de los grupos económicos más concentrados durante los
últimos 25 años. “Clarín cumple 64 años de periodismo, al servicio del desarrollo del país. Hemos construido nuestra
fuerza en la fidelidad a la gente. Y eso muchas veces termina molestando al poder de turno. Hoy sufrimos nuevos embates por
defender nuestra integridad periodística. Ataques disfrazados con argumentos falsos y contradictorios. Campañas de una virulencia
inusitada, originadas en zonas oscuras del poder. A las que incluso se prestan algunos que creen lucrar con eso. No es la
primera vez, ni será la última. Ningún ‘apriete' torcerá nuestro compromiso con la sociedad. Nuestra misión y principios
están expresados públicamente. Se reflejan todos los días en nuestros medios. A ellos nos atenemos”, dijo la viuda de
Noble, y volvió a sonreír cuando escuchó los previsibles aplausos.
Espejito, espejito. Conviene entonces detenerse en la “integridad
periodística” que los medios del Grupo y su diario de bandera “reflejan todos los días”, en defensa de la
cual hoy califican de “ley mordaza”, “ley K de control de medios” o de intento de “chavización”
al proyecto que se discute en el Congreso. Fue seguramente en nombre de esa misma integridad que Clarín publicó en su portada
del 28 de septiembre de 1978 una foto a tres columnas de Ernestina Herrera de Noble junto al dictador Jorge Rafael Videla
para ilustrar el titular más importante del día: “Videla inauguró la planta de Papel Prensa”. La bajada de tapa
expresa a las claras la independencia periodística de Clarín en tiempos de dictadura: “El teniente general (RE) Jorge
Rafael Videla dejó inaugurada ayer la planta nacional de papel para diarios en una ceremonia efectuada en San Pedro. El Presidente
destacó la trascendencia que este hecho tiene para el país y subrayó la necesidad de ejercer la libertad de prensa con responsabilidad.
Esta edición de Clarín está impresa en papel elaborado en la flamante fábrica”.
En las páginas interiores, donde
se da una amplia cobertura de la noticia, puede verse también a la sonriente directora del diario brindando con el dictador
y departiendo amablemente con los genocidas Albano Harguindeguy e Ibérico Saint Jean. La ocasión lo ameritaba: desde enero
de 1977, Clarín – junto con La Nación y La Razón – eran accionistas mayoritarios de Papel Prensa S.A., asociados
con el Estado en manos de los dictadores. Una sociedad que sería el puntapié inicial del proceso que, con el correr de los
años, transformaría a Clarín en el multimedios más concentrado del país.
Por entonces, los desaparecidos en la Argentina
se contaban por miles, entre ellos varios periodistas y trabajadores gráficos que habían pasado por Clarín en algún momento
de sus carreras, como Francisco Paco Urondo, Carlos Alberto Pérez, Enrique Raab, Luis Rodolfo Guagnini, Conrado Guillermo
Ceretti, Daniel Alberto Daroqui, Ernesto Luis Fossati y Jorge Rodolfo Harriague. Durante esos años, el diario donde habían
trabajado silenció sus nombres, los desapareció de sus páginas. Otros, como The Buenos Aires Herald o La Prensa, denunciaron
sus secuestros y sus muertes, a pesar de la censura y la represión.
La misión y los principios. El 24 de marzo de 1976, la portada de Clarín
había informado sobre el avasallamiento de las instituciones republicanas con un titular aséptico: “Nuevo Gobierno”.
Tres días más tarde, también en tapa, había transparentado su relación con los dictadores con un suelto que decía: “La
rígida censura de prensa impuesta el 24 de marzo duró sólo 36 horas. Desde entonces, el progresivo retorno a la normalidad
en todos los órdenes y la fluida comunicación entre el gobierno y los diarios la han reducido al cumplimiento de normas indicativas.
Pero la experiencia, plena de matices, bien vale la pena ser contada como otro testimonio del actual proceso”. A buen
entendedor, pocas palabras.
Los ejemplos del apoyo editorial al terrorismo de Estado perpetrado por la dictadura se
multiplican con sólo mirar cualquier ejemplar de aquellos días. Por ejemplo, en la nota del 21 de agosto de 1976, titulada
“El principio del fin”. Allí está escrito: “No hay tercería posible porque, admitido que estamos en guerra,
imperan sus leyes. Es la Nación la que está en armas para vencer al enemigo (…) La fuerza, monopolizada por el Estado,
y la razón que, legitima la autoridad y le proporciona el consenso, son los atributos fundamentales del gobierno (…)
La marcha hacia el monopolio de la fuerza avanza por caminos convergentes. Ha sido un reclamo formulado por distintas voces
y que alcanza mayor vigor en boca de la Iglesia. Lo construyen las propias Fuerzas Armadas y sus hombres de gobierno al asociar
a los distintos sectores en la lucha permanente contra la subversión”.
Más de una vez, la propia directora estampó
su firma en los editoriales, defendiendo a los dictadores aún cuando las violaciones de los derechos humanos y el desastre
económico eran ya evidentes: “Las Fuerzas Armadas, que tienen en su haber el triunfo contra la subversión al costo de
enormes sacrificios, están en condiciones de realizar esa convocatoria. Se les presenta una alternativa en que la crisis económica
puede llegar a minar los logros que han alcanzado en ese terreno y en que superar esa crisis puede dar la consolidación definitiva
de la victoria y la realización de los objetivos que se trazaron al asumir el poder…” (29/3/81). E, incluso, después
de la derrota en la aventura de Malvinas: “Repensar el país significa, hoy, también repensar a las Fuerzas Armadas.
No nos conforma la idea de unas Fuerzas Armadas políticamente rechazadas y refugiadas en la especificidad de sus tareas. En
países como la Argentina, cuya cuestión nacional se resume en el imperativo de crecer y desarrollarse, las Fuerzas Armadas
son necesarias para sostener esa batalla contra el statu quo aparentemente incruenta, pero en realidad tan ardua como cualquier
otra guerra convencional…” (1º/7/82).
Apenas unos ejemplos de la “misión y los principios expresados
públicamente” por Clarín a lo largo de su historia. Una historia de “integridad periodística” que, en 1981,
hizo que Ernestina Herrera de Noble enviara esta llamativa queja a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia:
“Tengo el deber moral de expresarle mi disidencia con la decisión de esa universidad de entregar este año el premio
Moors Cabot al Sr. Jacobo Timerman (ex director de La Opinión, secuestrado, torturado y expulsado del país por la dictadura).
Considero que tal distinción puede interpretarse como un aval a la intolerancia ideológica que ha hecho mucho daño a la marcha
del proceso democrático en mi país”. Sí, leyó bien: “proceso democrático”… en 1981.
¡Quemá
esas fotos, quemá esas notas! Todo sea por el periodismo independiente.
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